Capítulo 1: Displicencia


Nunca pensé que hubiera tanta parte de mi ternura en cosas,
en 
momentos que están y pasan cerca, a todas horas.
No deseo probar de nuevo lo que se encuentra al otro lado de la tapia. Este lugar ha resultado agradable y satisfactorio; a pesar de la soledad. 
No hay mañana que no se vea invadida por la tranquilidad, por el consuelo, o por las oleadas de brisa suave que inician su recorrido por aquella pequeña ventana de cedro; haciendo levitar las sabanas, acariciando la planta de mis pies, rozando mis rodillas, mi cuello. Hasta llegar a probar las fisuras en mis labios.
La habitación en la que me hallo tiene las paredes decoradas con fotografías y pinturas de lugares fascinantes (el Coliseo de Roma, el mar en Bagan, Venecia, el Cráter del Ngorongoro y algunos otros), curiosamente todos me son familiares, como si hubiera estado ahí un día anterior a cada amanecer que transcurre. En un rincón, sobre el buró, se encuentra el único cuadro que contiene un retrato mío. Se trata de un dibujo realizado a lápiz, con perfecto detalle. 
En el se puede apreciar mi rostro lleno de alegría, el esbozo de una sonrisa sincera, y entre mis cabellos, una pequeña flor de pétalos sin tinta. Al reverso de este, puede leerse: 

mémoire de printemps
Saliendo de la habitación se encuentra el jardín, donde la armonía anuncia su presencia a la par del sol. Por el atraviesa un riachuelo de apenas 30 escasos centímetros de ancho, y más allá, donde la sombra de una palmera cubre las flores: mi sitio favorito, en el que los suspiros y el amor habitan el aire.  Un jazmín languidece a unos pasos del riachuelo, de sus pétalos escurren gotas de la lluvia nocturna, como lágrimas de alguien que extraña. — Creo que si la tristeza existe en este lugar, a él le pertenece. — 
Desde mi estancia aquí, la rutina se ha desarrollado así: en el apreciar cada alborada con la misma intensidad diariamente, gozando de los placeres que me ofrece el océano (situado a unos cuantos metros de aquí, al bajar la cañada), y de los momentos que me rodean y me susurran recuerdos perdidos. Son simplemente placeres desconocidos como devastadores.
Ilustraciones de Annett Medina