Capítulo 2: Vientos cambiantes

Supongo que si tu corazón se puede romper, entonces tu cabeza puede hacer lo mismo
Mi cuerpo sobre la hierba, insípido, mis pies yacen sobre una roca, mis manos juguetean las estrellas y mis ojos las buscan. Mi cabeza parece estar vacía en el instante, mientras mi mente esta a la intemperie. Un suspiro a puesto a flote las cenizas que cubrían mi rostro, el aire las arrastra, y el soplar del viento se las lleva.

La noche sobre mi, hermosa, y de aspecto suave. Las nubes se apretujan unas con otras como pequeñas ovejas; un golpe divino a cada pupila. Había visto esto antes, más no lo había sentido en lo más profundo como lo experimento ahora.

Tengo aquí aquello que satisface cualquier inquietud humana: el significado del amor dichoso. Un dulce pensamiento dando vueltas a la cabeza. Lo armonioso entrando y saliendo, provocando cada emoción, y cada sentido y cada latido. El jazmín, el mar, las flores, el rió y las estrellas, unánimes recordaran este día: en el que una parte mía ha cedido a sus llamados.

Una duda surge en mi cabeza:
En el mundo ¿por qué no podemos mostrarnos sublimes con lo traemos por dentro? nutriéndonos por vicisitudes como las que me ofrece este sitio, lo mismo que hay aquí, existe ahí. Tal vez es su gente, las desventajas históricas, la falta de anhelo, la increíblemente pero visible carencia de amor. Ya no busco una respuesta lógica, no es necesaria estando aquí.

Tras un largo silencio mental, y habiendo abolido mi duda: llega el día, se anuncia el sol, el agua vuelve a reflejar la belleza del cielo azulado, un ruiseñor se posa sobre la rama de un abedul. Comienza a soplar el viento trayendo consigo el canto del ave, el bramar del mar, y el arrastre de las hojas caídas. Esto bello, y yo siento hondamente su encanto.

Ilustraciones de Annett Medina